Columnistas

Desafío: Diálogo en el Infierno

*Diálogo en el Infierno
*Matanzas calderonistas
Por Rafael Loret de Mola
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Cuando dialogué con el general Jesús Gutiérrez Rebollo en marzo de 2002 –el 22 para ser precisos, el mismo día que hablé cara a cara con Mario Aburto Martínez, señalado como asesino material de Luis Donaldo Colosio-, el defenestrado militar puso énfasis en dos asuntos medulares:

1.- Que existía un grupo de elite, en México, adiestrado en el Pentágono de Washington, y pagado por la Comisión de Combate a las Drogas que él encabezó por unos meses aunque jamás conociera sus identidades. Eran, como los califiqué entonces, “los rambos” mexicanos preparados para acciones extremas y preparados, además, para actuar en la más completa oscuridad, cuál si se tratarse de llevar a la realidad las más taquilleras políticas de ficción.

Poco se ha sabido de ellos aun cuando no se niega su formación y existencia; mucho menos los operativos en los que, de verdad, intervienen, acaso codo con codo con los marines estadunidenses infiltrados en la Armada de México, si bien no han podido detener el flujo de narcóticos hacia el norte, si tal fuese su papel, a la vista de la permanente animación de los mercados, principalmente el mayor del mundo al norte de nuestro país, regulados por elementos de la CIA, la NSA, la DEA y el FBI. Nadie se ha atrevido a desmentir esta versión por temor a que el escándalo los rebase.

2.- Igualmente, el general Gutiérrez Rebollo –quien murió en el Hospital Militar el 19 de diciembre de 2013, en el mismo piso en donde, al otro extremo, se operaba al presidente peña de las secuelas cancerígenas-, señaló al general Enrique Cervantes Aguirre como quien proveía los encuentros entre los líderes de los cárteles más poderosos, en aquellos días -1996-97-, el de Juárez, encabezado por Amado Carrillo Fuentes, y el de Tijuana, bajo las órdenes de los hermanos Arellano Félix, a cambio de 50 millones de dólares transportados en patrullas de la Federal de Caminos adscritas –aunque tal no fuesen sus funciones-, a la residencia oficial de Los Pinos cuando el huésped principal era ernesto zedillo de león.

Con ello confirmaba, desde la prisión de alta seguridad de Almoloya, la extrema colusión de los mandos castrenses con los “capos” de mayor relevancia territorial sobre nuestro suelo. Y, en ningún momento, tal circunstancia ha cambiado a pesar de las transmisiones del poder Ejecutivo federal, en zigzagueante modelo con dos alternancias de partidos ya considerando la vuelta del PRI al poder.

Detengo el relato en este punto para insistir en lo inexplicable que resultó el mantenimiento de la plutocracia partidista, con el PRI como director de orquesta, en un medio plagado de traiciones, conexiones soterradas y ententes cordiales. Diría, sí, que en estos momentos tras la devastación del país, mantenerse en el PRI es, sin duda, el mayor acto de traición que puede cometer un mexicano. Ya el tiempo dirá como serán señalados los sumisos y beneficiarios de los regímenes priistas; pero, en esta hora, son sencillamente despreciables.

La Anécdota

Volvamos a las casacas militares. Recuerdo que la primera foto de calderón con atuendo militar, sobrado de mangas y anchuras, dibujó a aquel mandatario como una suerte de “gasparín”, el alargado fantasmilla, es decir una mala caricatura de sí mismo. No parecía ser capaz de dirigir a la nación un hombre de derecha apocado, descuidado en su propia vestimenta y ajeno a la emergencia que sobre el país se cernía aun cuando señalaban a la economía controlada… no por los fox sino por el Fondo Monetario Internacional. La carta de orgullo de los panistas se desvanece a la primera repasada de los hechos.
Lo que ocurrió, a partir de entonces, le he narrado con extensión en mis obras “Nuestro Inframundo”, “Despeñadero”, “Hijos de Perra” y “Peñasco”: una debacle moral sin precedente por la inclinación a la bebida del mandatario quien extendió sus “tardeadas” en Los Pinos –los jueves en principio hasta volverse cotidianas-, a unos cuantos y selectos amigos, entre ellos el nefasto director de Seguridad Pública, Genaro García Luna, y el secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván Galván, un sujeto con presencia de troglodita y conducción de aspirante a aristócrata, quien blindó a Los Pinos con la presencia de mil efectivos del ejército mientras en los verdaderos campos de batalla se reducían los pertrechos para combatir, decían, a los narcos en boga.
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