EL CEREBRO POLÍTICO… UN RESEÑA NECESARIA.

Recientemente el Dr. Drew Westen publicó su más reciente investigación con el título Political Brain (cerebro político). Westen es experto en psicología política y psicólogo clínico y de personalidad de los departamentos de psiquiatría y de ciencias de la conducta de la Universidad de Emory, en Atlanta.

El autor señala que siempre le llamó la atención que a pesar de que tienen registros de militantes numéricamente superiores y sus valores políticos y postulados económicos son compartidos por más norteamericanos, los demócratas pierden elecciones con más frecuencia que los republicanos. Señaló también que encontró que las elecciones se ganan en el “mercado de la emoción” y no en el de la razón y que cuando emoción y razón combaten, ésta pierde invariablemente. Esto se debe, dice, a que los republicanos entienden mejor el cerebro político y apelan mejor a la emoción, y que por ello en los últimos 30 años han ganado más ocasiones la presidencia y los presidentes republicanos en funciones se han reelegido con más facilidad, mientras que los demócratas no han entendido que los datos duros por sí mismos no conducen a la victoria.

Political Brain afirma que la concepción moderna de la mecánica de la mente humana no tiene nada que ver con la manera en que funciona efectivamente. El autor y un grupo de neurólogos estudiaron a finales de 2004, en plena campaña presidencial, los procesos cerebrales de militantes partidistas cuando procesan nueva información política, potencialmente incómoda. El objetivo del experimento era ponerles retos de razonamiento que llevarían a un no militante a una conclusión lógica, pero que orillaría a un militante a enfrentar una antinomia entre la dicha conclusión y su fervor partidista. Se trataba de inducir una disonancia entre evidencia y emoción. La hipótesis era: si datos y deseo chocan, el cerebro político buscaría “razonar” hacia la conclusión deseada.

Westen presentó en enero pasado los resultados en la Octava Conferencia Anual de la Sociedad de Psicología Social y de la Personalidad en Memphis, Tennessee, y confirmó que cuando un militante se enfrenta a información política discordante (como francas inconsistencias entre dos discursos de un candidato, o entre lo que dice y hace) trata de obtener conclusiones predeterminadas y emocionales por naturaleza y que en el proceso le da mayor peso a la evidencia confirmatoria y desdeña la contradictoria.

El militante logra todo esto debido a que su cerebro activa una red neuronal que le produce estrés y reacciona disipando esa incomodidad a través, inclusive, de razonamientos incorrectos. Se descubrió además otra peculiaridad: así como se apagaron los circuitos neuronales de las emociones negativas, se encendieron los de las positivas e inclusive los de las sensaciones de recompensa.

Las conclusiones de Westen son dos con sus respectivas implicaciones para aquellos que hacen política o la estudian. Primera, que los candidatos de los partidos grandes, cuando están en campaña, no deberían preocuparse por tratar de atraer a los militantes de otros partidos, sino esforzarse por persuadir para su causa al 10% o 20% de los electores del centro llamados cambiantes (o swichters) y que sumados a su base partidaria tradicional, generalmente de alrededor de 30%, podrían darle la victoria. Segunda, que el cerebro político es un cerebro emocional; que no estamos ante una máquina de cálculo desapasionado que busca objetivamente los hechos y las cifras adecuados para tomar una decisión razonada.

Con estas conclusiones, el autor propone un nuevo tipo de inteligencia: la inteligencia política, con estos componentes: inteligencia emocional, empatía, habilidad para emanar y convocar confort o bienestar, y habilidades para formar coaliciones y administrar jerarquías e inteligencia general.

Ahora bien, la inteligencia política se refiere no sólo a la del electorado, que al parecer evalúa y califica candidatos en siete segundos aún antes de que pronuncien una palabra; sino a la que deberían proyectar los propios candidatos y sus mensajes de campaña, como lo hicieron exitosamente Reagan y Clinton, espléndidos comunicadores de gran inteligencia política y que, además de desbancar a un presidente en funciones, (Carter y Bush padre, respectivamente) lograron reelegirse 4 años después. O sea, a mayor inteligencia política del candidato, mayores posibilidades de que resulte victorioso.

Decía David Hume que la razón es esclava de la emoción y en política electoral el aserto cobra cada día más peso. Los partidos mexicanos deberían empezar a diseñar sus campañas y a seleccionar sus candidatos con otros parámetros; los de la inteligencia política, que por ningún motivo debería ser desestimada debido a que, celebro informar, no estamos ante un descubrimiento menor.

A describir los componentes de la inteligencia política y a ofrecerle adicionales reflexiones sobre la nueva centralidad de las ciencias neurológicas en política, dedicaré la segunda parte de este texto mañana domingo. Baste ahora con transcribir una frase de Political Brain que bien podría ser el núcleo de la obra y la semilla de una nueva percepción política de la manera en que nuestros partidos hacen campaña y seleccionan candidatos: “No podemos cambiar la estructura del cerebro político, que representa millones de años de evolución, pero podemos cambiar la manera en la que le hablamos”.

 

 

 

sergioj@gonzalezmunoz.com

 

Twitter: @Sergioj_glezm

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