Sin Cultura no hay Ciencia

Por Arom Leamsi

El hábitat que nos da cobijo a todos los seres vivos no es fijo ni tampoco inmutable; el mundo que nos envuelve se transforma constantemente. La biósfera cambia con la transformación del entorno; sin embargo, los límites sobre los cuales pueden operar e influir todas las formas de vida no están bien definidos.

Con esto quiero decir que el “Mundo Entorno” no es independiente de quienes formamos parte de él; todas las formas de vida participan activamente en el proceso de su transformación. Este mundo, es la consecuencia de la forma en que se han ido organizando sus partes, y estas, a su vez, son el resultado de lo que incide sobre ellas en cada momento.

La especie que más afecta el Mundo es la especie humana, somos en definitiva, los hombres, quienes con nuestras acciones cotidianas afectamos significativamente no sólo el mundo entorno nuestro, sino también el de las demás especies; nuestra capacidad de organización ha ido transformando progresivamente el Entorno Natural en un Entorno Cultura o si se quiere, en un “Mundo Cultural”.

La “Cultura” es distinta para cada pueblo, cada organización política se va conformando según sus propios esquemas; cada sociedad resalta ciertos rasgos tomados de sus propias ideas, sus mitos, sus tradiciones. La Cosmovisión de cada Pueblo tampoco es inmutable, cambia conforme surgen y mejoran sus tecnologías, y a partir de un determinado desarrollo de estas, las antiguas ideas se enriquecen incorporando los avances logrados; las nuevas ideas se reorganizarse en forma de teorías científicas, políticas e ideológicas.

Todo cambia

Como todas las ideas, la idea de ciencia también ha cambiado en la medida en que aparecen y modifican las instituciones culturales en cada época. Históricamente, en las primeras civilizaciones se tenía en gran estima a los hombres sabios, muchos de los héroes míticos de la antigüedad tienen esa característica común: una gran habilidad para la creación de objetos (Imhotep, Salomón, Quetzalcoatl, etc.).

Estos  héroes míticos son el arquetipo de lo que hoy denominaríamos científico: médico, astrónomo, ingeniero, etc. Este concepto de “ciencia” (saber hacer cosas) estaba muy ligado a lo que hoy entendemos por «arte», en un sentido técnico. Las referencias antiguas nos hablan de «las Artes de Esculapio» (medicina), «de la Ciencia del Constructor» (Arquitectura), «del Arte de Gobernar» (Política), etc. En estas tradiciones, la obtención de la sabiduría era el resultado de una ardua labor de “taller”.

Para Aristóteles la ciencia era el “conocimiento cierto de la cosas por sus causas”, idea que tuvo vigencia hasta bien entrado el siglo XVII. Esta concepción de ciencia, se da en un marco cultural con un cierto nivel de desarrollo: existencia de textos, espacio para el debate de las ideas, y una organización lógica de proposiciones, a la manera en que elaboraron sus sistemas los geómetras de la Grecia clásica. Hoy en muchos gremios de científicos, la idea de ciencia sigue siendo la idea de Aristóteles.

La Geometría fue modelo de Ciencia y Filosofía.

El modelo aristotélico fue retomado por los escolásticos, con lo que la ciencia pasó a ser un sistema de proposiciones ordenado en torno a principios, incluyendo no sólo los geométricos, sino que también principios teológicos o filosóficos: «el conocimiento (scientia) es la conclusión». En este escenario, el sitio donde se elaboran y se obtienen  los conocimientos es la escuela.

Para los escolásticos, el taller era un lugar destinado solo a las labores que permiten ganar el sustento del hombre, es decir, tenía una finalidad puramente económica, propia de los hombres mundanos. Para estos hombres, que veían a la ciencia como la totalidad de los conocimientos, que consideraban especies de un mismo género: física, filosofía, geometría, etc., la escuela venía a ser el lugar donde se estudian los libros y se escuchan las lecciones que dan cuenta de estos conocimientos.

Con Galileo, el antiguo taller que rechazaron los escolásticos, se reincorpora a la escuela, no propiamente al aula de las universidades de filiación católica, sino que algunos hombres con formación académica escolástica, construyen su propia taller en sus casas, estos talleres se convierten en escuelas de nuevos conocimientos, estos talleres personales fueron el prototipo de los modernos laboratorios.

A partir de las actividades y los logros surgidos en estos laboratorios se conforma el concepto de ciencia en su sentido moderno. Desde ese momento, la ciencia se ha convertido en la principal estructura que sostiene la cultura de la civilización industrial que predomina en el Mundo moderno

La ciencia no siempre requiere de un Laboratorio

Mención aparte merecen las llamadas ciencias humanas o humanidades, cuyos campos de acción han logrado el reconocimiento académico al salvar, de alguna manera, el formato de la ciencia positiva. Hoy podemos ver en las Universidades Facultades de Historia, de Educación, De Comunicación, de Turismo, de Ciencias Políticas, de Comercio exterior, etc. Este hecho merece una investigación gnoseológica, pero ese es otro asunto que no pretendemos tratar en este pequeño espacio.

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