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El sendero de los iluminados: Equilibrio Emocional

AMEP1111

La salud mental en armonía se manifiesta cuando existe un equilibrio entre nuestros deseos y realidades, vivimos armónicamente con nuestro entorno y con nuestras posibilidades psíquicas, físicas y económicas.

Es decir, nos acercamos al equilibrio emocional cuando hemos aceptado que tenemos limitaciones (de salud, de integración social, de pensamientos, actitudes y comportamiento, etc.) y hemos logrado una adaptación sana a nuestra realidad. Esto no supone una acomodación a nuestras deficiencias o satisfacciones, sino más bien un intentar crecer, pero desde la propia realidad de cada uno.

Es entrar en la aventura de la búsqueda de la comprensión de las experiencias vividas y por vivir en tu momento instantáneo, donde ya te has dado cuenta de la necesidad de lograr una transformación, donde ya has utilizado el análisis y cuestionamientos en el pensamiento creativo.

Este es el camino para llegar al equilibrio emocional y a la salud mental, que es una realidad dinámica, no estática, y, por esto, debemos cultivarla todos los días para no caer en el malestar o en la locura, propiamente dicha.

El equilibrio emocional como objetivo no es un proceso lineal y ascendente sino más bien se representa por una línea quebrada, con sus más y sus menos, que convierte la biografía de cada uno de nosotros en una historia de avances y retrocesos, de estar sanos mentalmente y estar menos sanos, donde lo que cuenta es cómo vamos superándonos como personas, es decir, nuestros pequeños y grandes logros cotidianos, tras esta observación se obtiene la comprensión.

Por esto, podemos afirmar que la salud mental es un ‘equilibrio inestable’, que se puede perder y también recuperar. Por tanto, esta pérdida puede ser transitoria o definitiva, como ocurre con las grandes patologías psíquicas que se cronifican como (esquizofrenia, depresiones psicóticas, etc.)

Una persona sana mentalmente, no es la que no tiene problemas, ni angustias, sino aquella que ha sabido mantener un equilibrio entre sus deseos y la realidad, entre sus proyectos y sus capacidades, entre sus necesidades y sus posibilidades, entre su dependencia y la relación con los demás.

Sabremos, pues, si una persona tiene un alto nivel de equilibrio emocional por su estabilidad en su vida cotidiana y por su capacidad para afrontar los contratiempos diarios o experiencias.

Equilibrio emocional: armonía entre mundo exterior e interior. Podríamos decir que el mundo exterior está identificado por el “tener”, y el mundo interior por el “ser”. Lo primero, está representado por el poseer la casa más grande, el coche más rápido, casarse con el hombre/la mujer más guapo/a, comprar ropa de marca, etc.

Lo segundo, se refiere a los sentimientos de paz, solidaridad, bondad, fortaleza, esperanza y también los sentimientos de ira, rabia, impulsividad rencor, etc., que es preciso encauzar para que el equilibrio emocional no se distorsione.

Desde esta perspectiva, el equilibrio emocional, y por tanto la felicidad, consiste en lograr armonía entre el mundo externo y el mundo interno. El desequilibrio produce alteraciones del ánimo y de la conducta que conduce a la infelicidad.

Si la balanza se inclina hacia el mundo externo en exclusividad, el ser humano evolucionara hacia una persona insaciable e infeliz; si por el contrario, lo que predomina es el mundo interno negativo, el resultado también es la angustia y el sufrimiento.

Del “tener” al “ser”: En ¿Tener o ser? plantear posibles posiciones del ser humano ante una meta por alcanzar la felicidad: la tendencia a poseer (casas, coches, dinero, etc.) o la tendencia desarrollar todas sus posibilidades (psicológicas, sociales, etc.). Estas posiciones o posibilidades parecen excluyentes.

Esta disyuntiva me ha cuestionado durante muchas etapas de mi vida: ¿soy feliz porque tengo más dinero, más poder, más sabiduría?, ¿es necesario no-tener para ser?, ¿se puede ser feliz “teniendo”?, ¿el “ser” es sinónimo de felicidad? Preguntas que no tienen una respuesta sencilla.

A veces, este dilema se repite en nuestra existencia. Y optamos por una u otra solución. Podemos contemplar la vida como una larga carrera por poseer: tenemos casas, coches, cultura, etc… hasta nos reservamos un lugar en el cementerio.

Es como si esos títulos de propiedad nos hicieran más fuertes, más importantes, incluso más felices. Por el contrario, si nos preocupamos por desarrollar nuestras capacidades (solidaridad, respeto al otro, valoración de uno mismo y de los demás, la creencia en el otro, etc.), entonces somos gente rara, que no sintoniza con la cultura social y capitalista del siglo XXI.

Los rasgos neuróticos de nuestro tiempo son: la dificultad de dar y recibir cariño, la falta de valoración de sí mismo y la agresividad. Son, por otra parte, las caras invertidas del “ser”. Para compensar esas deficiencias el hombre moderno tiene una salida: “poseer”.

“Cuánto más tenga más me querrá la gente, más seguro me encontraré y no tendré que destruir al otro”. De esta forma el “tener” es un antídoto contra la infelicidad. Aunque luego la realidad es otra: la seguridad que provoca la posesión es ficticia, pues no se cimienta en uno mismo sino en circunstancias externas; cuando estas fallan, y pueden fallar, todo se viene a pique.

El adulto neurótico, respecto al tener, será aquel que desee poseer para neutralizar su impotencia (tapar su inseguridad o su frágil personalidad) o su baja autoestima. El axioma de nuestro tiempo podría formularse así: “es necesario tener más para ser admirado y envidiado, aunque no querido”.

El consumismo podría tener estos orígenes. El equilibrio emocional estaría en la línea de saber “tener” para posibilitar el desarrollo de nuestras potencialidades. Así el deportista incrementa sus cualidades físicas, el intelectual crece en su capacidad de saber y el obrero se perfecciona en su profesión.

Podemos concluir que el afán normal de “tener” se vincula siempre al bienestar personal, familiar o a una idea científica o religiosa; en cambio, el afán neurótico de tener se cimenta sobre la propia inseguridad, el sentimiento de inferioridad o la angustia de la envidia o el miedo a estar solo, se acostumbra al bullicio
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Ante una rosa uno puede actuar de dos maneras: disfrutarla contemplándola (ser) o cortarla para poseerla (tener), ¿al cortarla y tenerla, cuánto tiempo te durara la esencia de su hermosura?.

Por AMEP1111

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